Su álbum anterior, “Astronauts & Heretics”, data de 1992. Poco después se retiró a Silicon Valley y en su empresa Beatnick Ink. creó la sintonía de tres billones de móviles Nokia. Su maestría técnica le permitió adentrarse en nuevas formas de música electrónica, algunas de las cuales ya había probado en toda clase de teclados, orgánicos y sintetizados, en sus ocurrentes y bailables elepés (“The Golden Age Of Wireless”, “The Flat Earth”, “Aliens Ate My Buick”) y en producciones foráneas (Joni Mitchell, Foreigner, George Clinton, etc) de los años ochenta y noventa del siglo pasado.
Cuando actuó en el Berklee College Of Music en 2006, Thomas Dolby hizo una demostración de las técnicas empleadas en sus discos y producciones de antaño (ver DVD “The Sole Inhabitant”). Ahora, retirado de la industria tecnológica, vive cerca del Mar del Norte, en un barco impulsado con energía renovable, que alberga un estudio de grabación de última generación en el que se ha gestado su primer álbum en casi dos décadas.
Muchas de las canciones (un tercio de once) de “A Map Of The Floating City” habían sido editadas en e.p. en 2010, pero eran accesibles sólo a los miembros de The Flat Earth Society, su club de admiradores. En realidad, es un álbum conceptual dividido en tres partes o continentes imaginarios: Urbanoia, Amerikana y Oceanea, que a su vez son tres manifestaciones de su personalidad musical: la que bulle en la ciudad, la que disfruta en el campo, y la que se calma en el océano.
El primer bloque de cuatro canciones nos devuelve al Dolby de los años ochenta: “Nothing new under the sun” (“Nada nuevo bajo el sol”) abre a ritmo de marcha, cuestionando la actividad creadora (“…cualquier tonto puede escribir una canción de éxito…”), y mostrando, aquí y en el resto del álbum, el gran narrador que es. La mezcla de tecno-funk y Bollywood de “Spice train” ilustra un viaje alrededor del mundo en busca de voluptuosidad. En “Evil twin brother”, homenaje a Michael Jackson, canta Regina Spektor, y entre los dos bordan una canción divertida sobre la vida nocturna en la Gran Manzana. “A jeaulous thing called love”, a ritmo de bossanova, le sirve a Dolby para recordar un amor lejano y los detalles de celos, pena y remordimiento que lo acompañaron.
El segundo bloque, Amerikana, más compacto y también de cuatro canciones, comienza con “Road to Reno”, un country-pop delicioso que narra la relación amorosa entre un político corrupto y una vendedora de sujetadores en Sears que acaba muy mal. “The toad lickers”, un bluegrass adornado con tópicos propios que caricaturiza a los retrógrados de la libertad, da paso al country &western “17 hills”, casi ocho minutos de canción maravillosa, con Mark Knopfler a la guitarra subrayando la nostalgia de un preso de Alcatraz por su vida pasada. Cierra Amerikana la balada de piano-bar “Love is a loaded pistol”, una historia de amor fugaz en la nochevieja neoyorquina.
Llega luego el trío final de canciones, con la etérea “Oceanea” (“Vuelvo a casa para lamer mis heridas…”), con la voz de Eddi Reader, y las hermosas “Simone” (“Eras Simón entonces…”) y “To the lifeboats” (“¿Dónde están los botes salvavidas?/No hay botes salvavidas…”), dando fin de forma melancólica a “A Map Of The Floating City”: quizá nada nuevo bajo el sol, pero lo mejor que ha hecho desde “The Flat Earth” (1984). Esperemos no tardar otros veinte años para disfrutar tanto de un álbum suyo.
Jorge Iváñez
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