Tal vez por eso, o tal vez porque he vivido de cerca situaciones un tanto extraordinarias en torno a las relaciones sentimentales, es por lo que dedico esta divagación de la primera quincena de febrero, que a la postre coincidirá también con la festividad de San Valentín a los amores y parejas imposibles.
En mi humilde entender, el amor puede ser tanto lo mejor como lo peor que podamos sentir en nuestra vida. Tal vez por eso digan que del amor al odio tan solo hay un paso. Más lo peor no es que una relación se acabe de mejor o peor manera, para mí, lo peor, es querer mantener o aferrarse a ella sabiendo que tu pareja no te quiere como tú deseas que lo haga y además se vanaglorie de esa superioridad que siente sobre ti, porque saben manipularnos perfectamente y te hagan sentirte culpable de todo lo que pase o salga mal.
¡Casualidades de la vida, ellos siempre tienen la razón y nosotros somos las que les quitamos su espacio “vital”!
Los profesionales lo suelen llamar maltrato psicológico, y dicen que es peor que recibir un bofetón o una paliza porque por mucho que se quiera olvidar o justificar, mientras que los moratones en la piel desaparecen, las heridas del alma nunca cicatrizan aunque queramos pensar y sentir lo contrario.
Se dice que este tipo de maltrato lo suelen sufrir tanto los hombres como las mujeres, no lo dudo, pero siento que, con creces, somos las mujeres las que con mayor asiduidad parece que vivamos suplicando amor a todos aquellos que lo único que desean de nosotros es tener a su disposición, cuando les apetece o bien a una amante, a una madre, a una cocinera, a una niñera,…en fin, a una chica para todo, eso si, siempre dispuesta, sin pedir nada a cambio y si encima esta “buena” mucho mejor.
Es triste y doloroso, lo sé, vivir de esa manera: suplicando amor, esperando aunque sea una tibia sonrisa, un pequeño detalle realmente sincero y no, como suele suceder, uno perfectamente calculado para mantenerte engañada un poco más. Es triste porque poco a poco te van anulando y lo permitimos, y doloroso porque, aunque no queramos aceptarlo, nuestro subconsciente sabe que va directamente hacia un precipicio con muy difícil escapatoria y que generalmente se manifestará antes o después en graves enfermedades físicas y/o psíquicas.
¿Por qué suplicar amor habiendo como hay tanta gente dispuesta a amarnos tal y como somos? ¿Miedo a la soledad? ¿Temor al abandono, al no sentir nada? ¿Temor a reconocer que nos hemos equivocado?
Si, también sé que eso de los sentimientos es algo más complejo y que suelen intervenir múltiples factores que nos impiden reaccionar y hacer lo que en el fondo sabemos que deberíamos hacer, lo antes posible: alejarnos de lo quien nos hace daño intencionadamente, aunque nos lo nieguen hasta la saciedad. Porque no hay amor que valga tanto como nuestra propia existencia y como alguien me dijo una vez: “ a mi pareja la encontré en la calle ¿por qué no voy a encontrar a otra aún mejor?”.
P.D. Yo la encontré.
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